La mañana aparecía clara en el horizonte, el sol asomaba vergonzoso sus tenues rayos matutinos desde detrás de la montaña. Con bostezos y legañas avanzábamos en silencio entre sinuosas carreteras buscando nuestro próximo destino, en esta ocasión la ciudad de Agra.
Mis pensamientos, rodeados por el solitario sonido del motor, giraban una y otra vez en torno a la misma cuestión. Habíamos llegado al punto de inflexión de nuestro viaje, a partir de aquí estaríamos solos, de nuevo en una gran ciudad repleta de cazaturistas sin complejos. Nuestro guía se despediría de nosotros y volveríamos a quedar huérfanos de conocimientos, de información. Nos enfrentábamos a nuestras propias capacidades en una enorme y poblada jungla de hormigón. ¿Saldríamos airosos?, ¿o cundiría el desánimo y la desesperación como el primer día? Me sentía preparado, dispuesto a superar el reto. Un icono de mi infancia nos esperaba, el majestuoso y legendario Taj Mahal.
Cerca de las once arribábamos a la descomunal ciudad. El ajetreo diario se encontraba en plena efervescencia. Jeke nos abandonó en medio de una plazoleta cercana al monumento. Nos despedimos afectuosamente de él, mientras despachaba a los, de nuevo constantes, ofrecimientos de todos aquellos que nos rodeaban, con un: “irsen, irsen, que no quieren nada, hombre”.
Con nuestras mochilas a cuesta y el calor que comenzaba a zozobrar, emprendimos camino a través de un parque engalanado con toda clase de puestos y tenderetes. Los comerciantes nos asaltaban intentando vendernos un sin fin de artilugios decorativos, aunque nosotros, mentalizados a no ceder, avanzábamos con diligencia. Tras unos diez minutos de caminata, y después de preguntar varias veces, llegamos al depósito de equipajes, lugar en el que debíamos dejar nuestras mochilas para poder acceder al recinto que englobaba varios edificios y jardines, entre ellos el mausoleo que conocemos como Taj Mahal, aunque en realidad es el complejo por completo el que recibe este nombre.
Al llegar a la puerta de entrada, otra vez la misma historia. Un tipo, con su tarjeta acreditativa en la solapa, falsa o no, no lo sé, se ofrecía para hacernos de guía. Según él, con su ayuda entraríamos sin la necesidad de hacer cola, por otra puerta situada en el lado sur por la que entraban exclusivamente los turistas occidentales. Yo estaba desconcertado, la fila para entrar era inmensa, una para mujeres y otra para hombres, y efectivamente no se veía ni un solo occidental. Consulté rápidamente mi guía de viajes esperando encontrar una respuesta a tal incoherencia, aunque no recordaba haber leído nada parecido. ¿Por qué los occidentales usarían otra puerta? ¿Por qué ese privilegio desmedido? Sin embargo, después de releer mi libro no encontré nada al respecto, y me parecía un dato importante para que no estuviese reflejado. El tipo seguía insistiendo mientras yo seguía pensando. No estábamos interesados en utilizar los servicios de ningún guía, además pedía mucho dinero. Javi decidió ir a investigar, yo guardaba cola para sacar los tickets, más caros si eras occidental, nada tenía sentido. El aspirante a guía detrás de mí. A los dos minutos llegó Javi de la puerta sur, allí más de lo mismo, una cola enorme y ningún occidental. Compramos las entradas y nos pusimos a la fila. Todo iba bastante rápido, solamente esperamos cinco minutos. Con el tiempo, mis dudas se aclararon, los occidentales que yo buscaba no estaban escondidos en algún lugar misterioso, simplemente no había occidentales visitando el ¡Taj Mahal!, podían contarse con los dedos de las manos. Impensable, yo suponía que sería un Marbella de la India, todo lleno de turistas de piel rosada y pelo rubio dorado. Pero allí sólo había indios a mansalva como siempre, que nos hacían más fotos a nosotros que al propio monumento. No dábamos crédito a lo que estaba pasando. Pandillas enteras nos pedían permiso y se sentaban junto a nosotros mientras uno de ellos disparaba cinco o seis cámaras, otros, más tímidos, se hacían el despistado poniéndose a nuestro lado mientras su cómplice disimulaba para sacar una foto. Fue divertido, ¿quién podía esperarlo?
(PUERTA DE ENTRADA AL COMPLEJO)
Como decía, el Taj Mahal, es un complejo de edificios distribuidos en un terreno circunscrito en el interior de una robusta muralla, vadeada por el rio Yamuna, el segundo en importancia de la zona tras el famoso Ganges. El recinto está presidido por el impresionante mausoleo de mármol blanco que ha entrado a formar parte de las nuevas maravillas del mundo (la alhambra debía estar entre ellas). Cuenta la leyenda que el emperador musulmán Shah Jahan lo ordenó edificar para mayor gloria de su hermosa esposa Mumtaz Mahal fallecida al dar a luz a su catorce hijo. El emperador quería erigir la obra arquitectónica más esplendorosa y fascinante jamás construida. Para ello no escatimaría en gastos, y quiso contar con el arquitecto más afamado de la época, Ustad Isa, una especie da Calatrava o Norman Foster de entonces, aunque esto no se ha podido corroborar con ningún documento. El desolado emperador, disconforme con los bocetos preliminares que el arquitecto le presentaba, decidió tomar una decisión tajante, el diseñador debía comprender sus sentimientos, su inmenso dolor, tenía que concebir un diseño que pudiera expresar todas esas emociones. Así, para poder motivar debidamente al arquitecto, resolvió acabar con la vida de la esposa de éste, de esta manera él también estaría en disposición de comprender su dolor y podría crear la obra definitiva. Los materiales fueron los más caros y refinados del momento, los mejores canteros y constructores participaron el en proyecto. Tras varios años, la colosal obra había finalizado, un panteón de mármol blanco con la simetría perfecta, rodeado de fastuosos jardines. El emperador estaba satisfecho, y decidió tomar de nuevo una rotunda determinación, todos los artesanos y decoradores que habían tomado parte en la alzado del edificio deberían ser cegados y mutilados, de esta forma ningún otro monumento semejante podría ser erigido nunca jamás en otro lugar. Pero como siempre la vida cambia nuestra suerte incomprensiblemente y el orgulloso gobernante cayó gravemente enfermo. Su hijo Aurangzeb, aprovechó la coyuntura para suplantarlo en el trono y lo encerró en el cercano fuerte de Agra. Desde su aislada habitación, el enfermo dirigente, contemplaba cada día con lágrimas en los ojos la solemne estructura del mausoleo donde su querida esposa descansaba eternamente. Se dice que en sus proyectos existía la idea de construir otro mausoleo en la orilla opuesta del rio, cerrando la perfecta simetría, este de color negro, donde él sería enterrado a su muerte y acompañaría a su esposa en la vida eterna. Sin embargo, su hijo tenía otros planes, y no estaba dispuesto a sufragar el importante gasto que supondría la construcción de otro edificio del género. Resolvió por tanto enterrar al fallecido padre en un sarcófago al lado de su amada, y esto como muestra de afección, también podía haberlo echado al rio simplemente. Es este sarcófago el único elemento que rompe con la simetría sin igual de la construcción. Algo que no debió de importar mucho al desinteresado Aurangzeb. Y esta es la historia, más bien leyenda, del hermoso Taj Mahal.

(ESTA FOTO ES DE INTERNET, PERO SE APRECIA LA SIMETRÍA. LOS JARDINES A LA IZQUIERDA, EL YAMUNA A LA DERECHA)
Deambulamos por el complejo deleitándonos con los jardines y el brillo de las paredes marmóreas del edificio, que desprendía distintos tonos de colores a medida que el sol recorría su camino, con sus cuatro minaretes, semejantes a cohetes, que apuntaban afilados al cielo. Terminamos la visita recostados a la sombra del mausoleo, en su parte trasera, con vistas al Yamuna, que transcurría calmo e ignorante del mundo que lo rodeaba. Algo incomprensible apareció ante nuestros ojos, al menos para mi mente agnóstica y occidental. Cuatro mujeres cortaban el césped de una extensión similar a tres campos de fútbol, ¡a mano! Sobre las rodillas avanzaban renqueantes metro a metro arrancando las malas hiervas y podando el nutrido césped durante no imagino cuántas horas. Un hombre, con las manos en la cintura a modo de jarra, las azuzaba para llenar los sacos que el mismo transportaba y amontonaba en un destartalado carricoche. El porqué de este insólito hecho, en un lugar público y gubernamental, es para mí un verdadero misterio. Mi única teoría, en parte fundamentada por mi guía, es que el uso de un máquina cortacésped suprimiría el trabajo, y con ello el paupérrimo jornal, de esas cuatro mujeres. Otra teoría que pasó por mi mente fue que se tratase de un acto devocional, del tipo pies descalzos y cadenas. El porqué de que fuesen mujeres…, eso no lo sé, aunque puedo imaginarlo.
(LA TÍPICA FOTITO)

(VISTA DESDE EL OTRO LADO DEL YAMUNA. FOTO CLARA)
Satisfechos con el descanso, decidimos abandonar la seguridad de aquellos muros centenarios y dedicarnos a explorar las calles de los barrios aledaños. Mi querida guía, nos advertía cuidarnos de los cazaturistas y timadores de todo tipo, que fundamentaban su negocio en el dinero y pertenencias ajenas (en un principio creí que me hablaban de los bancos, es más o menos lo mismo ¿no?). Era, según el libro, una de las ciudades más peligrosas al respecto de toda la India. Lo mismo nos advirtió Jeke: “Visitad el Taj Mahal, e iros al día siguiente, incluso el mismo día, no os quedéis mucho en esta ciudad”.
Comprenderéis ahora mis reticencias con la urbe y con volver a quedarnos solos. Sirva este ejemplo para hacernos una idea, el cual no recuerdo en detalle, pero intentaré contarlo resumidamente:
“Según se dice, los restaurantes de la zona daban a los turistas comida envenenada, que los hacía sentirse indispuestos, nada grave. Los enfermos debían acudir prestos al hospital, en el que tenían que pagar, a precios desorbitados su estancia y los medicamentos suministrados. Los hoteles salían a su vez beneficiados, ya que la residencia en la ciudad aumentaba hasta que los enfermos se veían fuertes y reconstituidos. Todo parecía pertenecer a un urdido y enrevesado complot entre restaurantes, médicos, farmacéuticos y hoteleros. Al final el pastel se descubrió y hubo juicios sumarísimos y esas cosas. Según parece no se han vuelto a repetir semejantes barbaridades”
Hecho este inciso, la concepción de nuestros pensamientos allí queda seguramente más clara. La veracidad o no de lo que cuento, o la realidad de la situación son relativas, lo que nos condiciona es la información de que disponemos, y según ella actuamos. No es lo que es, sino lo que parece ser.
Comenzamos cautelosos a deambular por aquellas estrechas callejuelas buscando un restaurante recomendado por la guía. De nuevo, al igual que en Delhi, misión imposible. Así que decidimos entrar en uno con terracita en el tejado en el que había dos turistas chinos. Nada más entrar y reparar en la cocina, “Dios mío", y en la boca del propietario, “Dios mío”, llena de saliva roja que se desbordaba por la comisura de los labios. (Esto es debido, que nadie se alarme, a un tabaco de mascar que consumen como locos a todas horas, aunque no por eso es más agradable), se me quitó el hambre en el momento. Resolvimos hacer de tripas corazón, comimos y salimos del destartalado y poco higiénico local continuando la marcha por el laberíntico barrio. Al cabo de un rato nos encontramos totalmente perdidos en un enrejado de callejuelas cada vez más estrechas y deterioradas, cada vez más ocultas. Algunos callejones terminaban sin salida, y nos veíamos obligado a dar la vuelta. En un momento, cuando nuestra desesperación crecía, un niño de unos nueve o diez años de edad nos vio y nos dijo con gestos que lo siguiésemos. “Venid, Venid”. Bien, ¿nos fiamos, sugestionados como estábamos, o no? ¿Qué otra cosa podríamos hacer? Lo seguimos, él siempre delante nuestra conduciéndonos y gesticulando con la mano. Tras unas cuantas vueltas y recodos, desembocamos libres en la calle principal, la que nunca debimos dejar. El chico, nos indicó la calle que debíamos seguir y se despidió con una sonrisa. Yo no daba crédito a esa muestra de apoyo desinteresada, no es a lo que estaba acostumbrado, me sentía muy mal por haber desconfiado, esperaba que nos pidiese dinero como todo el mundo, pero no, se despidió sin más. Yo, desconcertado, no paraba de darle las gracias, incluso intenté darle dinero, que paradoja, pero el declinó y continuó camino. Ese chico me enseñó ese día algo más que la ruta de salida. Como decía antes no todo es lo que parece, aunque no siempre parece lo que es. Tras este encuentro afortunado nos dirigimos, ya bien orientados, hasta el depósito de equipajes rezando para que continuasen allí nuestras escasas pertenencias. Así fue.
(EN LA TERRAZA DEL RESTAURANTE POCO HIGIENICO)
Aún era temprano, así que antes de ir a la estación nos derrumbamos en el césped de un parque cercano. Al momento nos vimos rodeados por un montón de niños alborotados que saltaban a nuestro alrededor. Se sentaron a nuestro lado y de allí no los movía nadie. Pensamos irnos, pues nos sentíamos agobiados, pero decidimos quedarnos para ver que ocurría. Así que comenzamos a hablar con ellos, les preguntamos sobre el colegio, sobre sus familias,…, ellos estaban encantados, como niños vamos, y nosotros empezamos a disfrutar. Les hacíamos fotos y se volvían locos, era estupendo ver la ilusión reflejada en sus caras. Maravilloso. Aún más, uno de los chicos, el mandamás o lehendakari, como queráis llamarlo, vio unos papeles que yo llevaba en la mano, entre ellos un mapa del metro de Delhi. Se lo dejé para verlo, estaba emocionado viendo la foto del metro y los colores del mapa, le dije que se lo quedara, que era un regalo. Jamás, repito, jamás, imaginé que un simple pedazo de papel, que no fuera dinero claro, pudiera hacer tanta ilusión. El chaval estaba como loco de contento, yo me emocioné. Allí permanecieron por largo rato, a nuestro lado, como parte de nuestro equipaje. Al rato comenzaron a llegar más chicos, algo más mayores. Entonces, un señor que deambulaba por allí los espantó diciéndoles que ya estaba bien, que nos dejasen tranquilos un rato. Este señor nos preguntó de dónde éramos y charló con nosotros, muy majo. Al final se despidió recomendándonos abandonar el parque antes del anochecer, podía ser peligroso. Así lo hicimos.
(A LA DERECHA, EL CHICO, MUESTRA ORGULLOSO SU PAPEL)
Al atardecer llegamos de nuevo a la plaza en la que Jeke nos depositó la misma mañana y dejó a nuestra suerte. Allí había montones de ricksaws. Elegimos uno al azar y nos montamos complacientes. “A la estación Fort, por favor”. Ya acomodados y esperando para arrancar dos tipos se ponen a mi lado y me dicen:
- “50 rupias por cabeza, son las tasas del ayuntamiento por coger un taxi”.
- ¿Perdón?
- Si sí, tenéis que pagar las tasas.
- Pues me parece a mí que no, que no pago un duro, amigo – en mi guía no decía nada de tasas ni pollas.
- ¿Cómo que no? Tenéis que pagarlo, todo el mundo tiene que pagarlo.
Yo miraba al taxista esperando que arrancase, pero este esperaba que se solucionase el pago y no se movía. Yo ignoraba a los dos tipos y hacía oídos sordos a lo que me decían. Pero entonces, uno de ellos me tocó en el hombro y me metió los tickets en la cara.
- Bueeeno, ya estamos otra vez tocáaaandonos. ¡Qué no coño, que no te pago un duro! – miré al taxista y de dije – O arrancas o nos bajamos y te quedas sin el viaje.
El conductor miró a los otros dos como diciendo, “yo he hecho lo que he podido, pero no ha salido, ya lo siento”. Los otros nos miraron pícaros como diciendo, “que cabrones estos que no han caído”. Pues no!, y es que ya me daba igual si era un timo o era verdad, (que era un timo segurísimo), estaba hasta las narices de que todo el mundo quisiera sacarme como fuese el dinero.
Comenzamos el trayecto velozmente sorteando todo tipo de… de… cosas. Yo me había hecho el itinerario mentalmente en mi cabeza de manera aproximada, sería algo así: primero debíamos salir de la plaza y en algún momento girábamos a la derecha, después continuábamos recto y en algún otro momento tendríamos que girar de nuevo a mano derecha para ir otro poco recto y llegar sanos y salvos a la estación. Vamos, como si hiciésemos una U. Y esto es todo a lo que podía llegar por la información de la que disponía y por la “posición de las estrellas”.
El comienzo del trayecto me iba cuadrando, giro a la derecha, seguimos rectos,… seguimos rectos, ahora a la izquierda, seguimos rectos, ahora derecha, recto y recto… ¡La madre que parió!, ¿dónde nos lleva este tío? La noche caía ya sobre nosotros en toda su extensión.
– Javi, este tipo se está yendo de la ruta.
Cada vez nos alejamos más de la ciudad introduciéndonos en zonas menos pobladas y destartaladas. Casa vez menos luz, menos casas. A este punto le digo al conductor:
- Para el cacharro amigo, me parece que por aquí no es. – El chico asentía y reía, me recordaba de nuevo a la comparación con el chino del restaurante.
Javi empezó a ponerse nervioso: - Para tío, que pares la moto te digo.
Nos desplazábamos a unos 40Km/h por una carretera desangelada. Cada uno agarramos a aquel hombrecillo, que en aquellos momentos era el dueño de nuestros destinos, por un hombro. Estábamos bastante nerviosos. Saqué mi guía y le mostré con el dedo la estación a la que queríamos ir. – Aquí, aquí – le repetía. Por fin el chico para la moto y da media vuelta. Hizo el camino inverso y se introdujo en una avenida con palmeras que para mí era el camino correcto. De ahí pasamos a una rotonda donde podría decirse que cientos de vehículos circulaban separados por centímetros. Tras esta rotonda llegamos por fin a la masificada estación.
(Bien, quiero explicar esta situación que acabo de contar. En Agra existen dos estaciones. Una es Agra Fort, donde queríamos ir, y la otra no me acuerdo. Posiblemente, y digo posiblemente, el chico del taxi se equivocó al estar tan ocupado en hacerle la cama a los del ticket falso del ayuntamiento que no se enteró de la estación que le dije, aunque lo hiciese en dos ocasiones y con el mapa delante. Sin embargo, aunque este pudiese haber sido el error, en una situación de tensión como esta, no vale con seguir el protocolo y decir “ya llegaremos a algún sitio, no puedo desconfiar de esta persona, sería una falta de respeto”. Así que haciendo de tripas corazón abordamos al tipo y lo obligamos a detenerse. La cuestión era la siguiente. En el momento en que decidimos parar, nosotros teníamos la fuerza, éramos dos contra uno. Si dejamos que nos lleve a un descampado deshabitado donde hay esperando quince tipos garrote en mano, la fuerza cambia de lado. Por tanto, ante tal posibilidad, por remota que parezca, decidimos actuar aún rompiendo el protocolo. Decir también, a modo de escusa, que al principio se lo pedimos por las buenas varias veces, pero el chico no nos hacía caso y conducía introduciéndose en la oscuridad del extrarradio de la ciudad. Es la ley de la supervivencia, si el chico simplemente se equivocaba de estación es algo que nunca sabremos, pero yo no estaba dispuesto a comprobarlo. Hay que verse en situación).
“La desconfianza es la madre de la seguridad” Aristófanes.
En la estación de tren me encontré con una de las imágenes más impactantes que hasta entonces había tenido en la India. Montones de personas se desparramaban por el suelo tumbadas sobre simples sábanas o saris, algunos ni eso. Ancianos enfermos, niños y mujeres. Teníamos que pasar por el hall sorteándolos con cuidado de no pisarlos.
Desde esta estación sale un tren directo a Varanasi, el que nosotros debíamos coger. Según la tradición Hindú, los ancianos enfermos, recorren su último camino hasta Varanasi donde en improvisadas chozas o precarios albergues esperan su muerte lentamente. Una vez fallecidos los familiares los incineran a la orilla del Ganges, luego sus restos son lanzados al rio donde serán llevados por la corriente.
Al final de la gran sala llegamos hasta una máquina para sacar billetes y buscar información. O eso creía yo. Según mi guía, esta era la mejor manera de buscar posibles itinerarios y planificar el viaje. El billete de ida lo teníamos, Jeke nos lo consiguió en una agencia. El de vuelta queríamos sacarlo de esta máquina y buscar distintas opciones de viaje para los días posteriores. Hacía calor, sudaba a mares. Me quito la mochila y comienzo a inspeccionar la máquina. En estas, un par de tipos o tres comenzaron a asomar sus cabezas sobre mis hombros, como cuando cambiábamos cromos en el parque con los amigos de pequeños. Yo los miraba de reojo nervioso, pero ellos ni se inmutaban. Llevaba un rato intentando adivinar cómo sacar la información de la dichosa maquinita, y ya no podía soportar las miradas de aquellos señores. Así que me di media vuelta y les dije, bien, úsenla ustedes que a mí me queda rato, no tengo prisa. Los hombres se hicieron los tontos desinteresadamente. Ellos sólo estaban allí para mirar, no querían utilizar el aparato, ni siquiera creo que supiesen utilizarlo, aunque eso no me extraña, yo tampoco sabía. Qué falta de intimidad, no estoy acostumbrado a que me invadan mi espacio de esa manera, aunque bien es cierto que si ha algo a lo que nos habíamos acostumbrado en la India era a no tener espacio. Por tanto, incrédulo, seguí indagando en los entresijos de aquel endiablado artefacto que estaba decidido a hacerme la vida imposible. Tras cinco minutos más me rendí. Decidí hacer cola y preguntar en una ventanilla. El hombre que atendía detrás de las rejas no entendía ni una sola palabra de lo que le decía, así que concluyó ignorarme y seguir atendiendo a los que venían después de mí. Al final nos fuimos fuera derrotados, buscando relajarnos un rato. Al salir vimos la oficina de reserva de billetes, ¡ah! ¿Con qué ahí estaba? Bien, nos dirigimos allá, siempre con un peculiar acompañante con turbante y los dientes negros como el carbón. Aquel desconcertante individuo se acopló a Javi y a mí sin separarse de nosotros un solo momento.
En la oficina estaban cerrando y el tipo no parecía estar muy por la labor de atenderme. Entonces Javi y yo hablamos cara a cara discutiendo que hacer. Yo estaba muy nervioso por la impotencia de no poder comprar un billete o buscar la más mínima información. Mientras se daba esta situación, el tipejuelo que os contaba antes metía su cabeza entre las nuestras y sonreía con aquella oscura hilera de dientes. Así que volviéndome hacia él dije:
- ¿Qué, quiere algo? ¿Tiene algún problema?
El tipo se limitó a decir que no con la cabeza y siguió allí entre nosotros como si nada, tan tranquilo. Yo, sudando como un pollo y con los nervios a flor de piel, le miré de nuevo y abriendo las manos y poniendo cara de incomprensión me encaré a él y grité:
- ¿Y entonces, qué haces aquí?
Pareciendo entender ahora lo que esperaba de él, se dio media vuelta y haciéndose el remolón se fue poco a poco evaporándose en el ambiente. No sé que pretendía aquel hombre, no pedía dinero, no hablaba, sólo intentaba ser uno más del grupo haciendo todo lo que nosotros hacíamos. ¿?.
Al final desistí en mi esfuerzo por buscar billete, horarios o cualquier cosa del género y nos sentamos en unas pequeñas escaleras fuera de la estación a tomar un poco el aire y relajarnos, sobre todo yo.
Ya más tranquilo y cómodamente sentado contra mi mochila, comencé a curiosear el contexto ajado en el que me encontraba, y me percaté de cómo a veces la vida nos muestra de golpe la realidad. La gente de alrededor comenzaba a improvisar sus camas bajo la luz de la luna, con mantas viejas y rotas en el mejor de los casos, algunos directamente dormían sobre el duro y rugoso alquitrán. Auténticas ristras de personas se preparaban para pasar la noche en compañía de unas ratas descomunales que salían de la nada y que parecían las dueñas del lugar. Lo más llamativo es que nadie se inmutaba cuando aquellos enormes especímenes pasaban por su lado haciendo ruiditos estridentes. Nadie parecía incómodo o molesto por aquella, para nosotros, desagradable situación.
Continuaba yo sumido en tales reflexiones cuando mi teléfono sonó sobresaltándome. Un mensaje de texto: “Hola, soy Cecilia, la chica del hotel en Ranthambore, estoy en la sala de espera de la estación con mis amigas”. Bien, pensé, por fin algo de suerte.
Levantamos nuestro esporádico campamento y pusimos rumbo, sorteando a aquellos que dormitaban en el suelo, a la sala de espera. Ahora, la noche acallaba el sonido constante de bocinas y motores, y una suave brisa suplantaba el calor impregnado de arena del atardecer.
Encontramos a nuestras nuevas amigas y compañeras de fatigas. Cecilia, que ya conocéis, Clara y Ruth. Este casual encuentro cambió radicalmente los designios de nuestro viaje.
Después de las presentaciones y demás atenciones salimos al andén atentos a nuestro tren que se aproximaba con destino Varanasi, ciudad milenaria y espiritual. A nuestro lado, cientos de personas de toda clase, se apiñaban junto a la vía. El tren penetró en la estación haciendo, como no, sonar la bocina, que retumbaba con fuerza sobre la estructura del viejo edificio. Las chicas, a partir de ahora nuestras chicas, viajaban en clase especial, con aire acondicionado. Nosotros teníamos billetes de primera clase, algo inferiores. No podía estar tan mal, pensamos. Cuando el tren llegó abarrotado de personas que asomaban entre los barrotes de las ventanas se me helaron los pensamientos y perdí toda esperanza en la primera clase.
(CECILIA LA VIAJERA)
(CLARA LA RESTAURADORA)
(RUTH LA ASPIRANTE A CINEASTA)
Este viaje en tren fue una de las experiencias más indescriptibles que he vivido (y de eso se trata, de vivir experiencias). Pero esto lo contaré en el próximo capítulo. (A veces pienso que esto va a durar más que la serie esa de perdidos, pufff). Nos vemos.

