domingo, 15 de noviembre de 2009

(06) INDIA, UN PASEO POR RAJASTHAN

Recorriendo el camino inverso al que nos trajo al hotel el primer día, despedimos aquella calle embarrada y esa ciudad atesada de gentes rumbo a otros parajes de desconocida apariencia.

Saliendo de la ciudad llegamos a la autopista, y avanzamos hasta los puestos de peaje, donde de improviso los coches comenzaban a agolparse como enjambre de avispas atareadas buscando su sitio en el panal. En estos momentos no existen normas, si es que existieron alguna vez, cada uno hace lo que puede, “a maricón el último”. Javi y yo nos miramos perplejos ante el danzar de coches moviéndose alocadamente, tratando de ganar posiciones driblando a sus adversarios con maniobras suicidas. Los carriles desaparecen aunque estén pintados en el suelo, no son más que ilusiones ópticas. La carretera se convierte en una explanada donde cada uno se mueve a su antojo. A tal punto llega esta locura, que los coches se ven obligadas a levantar ambos espejos retrovisores debido a la poca distancia a la que pasan los unos de los otros.


Después de pasar este trance, los seis o siete carriles se convierten en dos y comenzamos a avanzar por la autovía a unos 80 km/h.

Otra cosa a destacar, algo sin importancia, sería la presencia de ciertos vehículos, desde pesados camiones hasta carromatos arrastrados por camellos, que aparecían, sin más, en sentido contrario cuando menos los esperabas, o la gente que atravesaba la calzada, andando o en bicicleta, sin pararse, en la mayoría de los casos, ni siquiera a mirar.





Fue esta, la primera vez en la que me percaté del poco valor que le dan a la vida en la India. La gente se sienta en la cuneta, a ver la vida pasar, digo yo, por donde camiones descacharrados transitan a veces a menos de un metro de distancia balanceándose de un lado a otro por transportar más carga de la debida.


Existen también ciertos coches, sobre todo del tipo jeep, que hacen las veces de taxis entre distintas localidades. Pueden montarse en uno de éstos hasta treinta personas. Lo mismo ocurre con los autobuses, donde la gente se acomoda en el techo de los mismos, (cinturones, medidas antivuelco,… ¿qué me estás contando?). Incluso, puedes encontrar camionetas donde se alojan los pasajeros cual sardinas en lata, bajo un sol torturador que corta la respiración.








Impresionado por lo que veía, le pregunté a nuestro chofer, Jeke, que a diferencia del que nos trajo desde el aeropuerto hablaba muy bien inglés, cómo esas personas podían amontonarse de tal forma y con ese calor. A lo que Jeke respondió muy filosófico: “En la India todo es posible”.
Yo sonreí ante tal ocurrente respuesta. “Ya”, dije “pero la gente puede llegar a desmayarse con este calor, hay niños y personas mayores, (si es que ahí hay más gente que en una plaza en las Cruces de Granada macho)”.

“Si, tienes razón”, seguía Jeke, “algunos mueren de insolación. En la India la vida no tiene mucho valor”.

Haber escuchado esa frase de boca de un indio, me hizo estremecerme aún más. “Ahh…vaya” llegué a articular.

La verdad es que el valor de la vida es algo que el propio ser humano confiere. Supongo que mientras mejor vivas la vida que tienes, más la valoras. De todas maneras, considerando esto desde un punto de vista objetivo, e interpretando sus creencias, morir es adelantarse un paso en el camino al Nirvana, (como contábamos en el post 04), la vida en este mundo es efímera, es un puro trámite que hay que pasar. Nosotros, en nuestra cultura cristiana, aunque con muchos matices, creemos exactamente lo mismo. Sin embargo, existe un afán de supervivencia en el ser humano que nos condiciona, aunque no sabemos de dónde viene, y esto nos hace aferrarnos a la vida en contra de nuestra propia creencia popular. Bueno, algún día sabremos de qué va todo esto.

Tras varios kilómetros dejamos la autovía y tomamos una vía segundaria. “AY MADRE”.

La expresión que mejor define lo que sentí en esos momentos es: MIEDO.

Después de hablarlo entre nosotros durante un minuto, Javi le pidió amablemente al chofer ir más despacio, que no teníamos ninguna prisa.

“En la India hay muy pocos accidentes”, decía Jeke mientras en la cuneta se veía un camión estampado contra un enorme árbol. “No tengáis miedo, de día no es peligroso. Es por la noche cuando conducir es un suicidio”, continuaba mientras nosotros observábamos hasta tres y cuatro coches en paralelo. Algunos tenían que invadir la cuneta para que los otros pasaran. Pero allí no se molestaba nadie. Es así como funcionan las cosas. Si viene alguien de frente, pues lo esquivo y ya está.

“Es de noche cuando es peligroso” continuaba Jeke, “las carreteras no están pintadas ni señalizadas y los camioneros conducen toda la noche sin descansar, y muchos de ellos borrachos”

“Ahh, me tranquiliza mucho Jeke” dije.

Con el tiempo te das cuenta que, al menos en parte, tenía razón. Se circula a poca velocidad, y los conductores van atentos a cualquier cosa. No sé como explicarlo. Esquivar coches es algo natural. Ellos esperan que en cualquier momento alguien les venga de frente y actúan en consecuencia, pasando entre dos camiones, echándose a la cuneta, algo natural, como para nosotros coger una curva o poner el intermitente, nadie se extraña o se molesta.

Un poco más relajados continuamos nuestra charla. (Durante el viaje mantuvimos largas e intensas conversaciones, los trayectos son largos y escabrosos. Es ésta una gran oportunidad de conocer a quien viaja contigo, e incluso de conocerte a ti mismo, evaluándote en un contexto extraño y poco afín, en el que los conceptos e incluso los preceptos que siempre tuviste se diluyen en el ambiente, y hay que empezar de nuevo a formarse ciertas ideas). Al poco, apareció a lo lejos el resplandor del Fuerte Amber. Un impresionante complejo suspendido en la pared de la montaña, con sus hermosas murallas luciendo al sol de la mañana.


Jeke aparcó y nos dijo: “Bien chavales, este es el Fuerte Amber. Yo os esperaré aquí, podéis subir andando o en elefante, en elefante es bastante divertido”.

Nos dirigimos entonces hacia la calle principal que ascendía serpenteando hasta la enorme puerta de entrada, y donde a modo de parking “bicizaragoza” se ordenaban los descomunales paquidermos engalanados para la ocasión.






Yo, que nunca tuve la oportunidad de ver uno de esto gigantescos animales tan de cerca, estaba encantado con poder tocarlos y montar en ellos. Javi, en cambio, no accedió de buen grado a la experiencia, ya que consideraba la actividad como algo propio del turisteo. Y no le faltaba razón diré, pero yo no quería perder la oportunidad de montar en elefante y me fui como un loco hacia ellos.

A través de unas escaleras se accedía a una plataforma, y de ahí, sin despeinarnos, a lomos del elefante. Me quedé un poco disgustado, yo quería subir escalando por las orejas y todo eso que se ve en las películas, pero tampoco hay que ser demasiado exigentes.

Cabalgando, o elefanteando, no sé, durante diez minutos, de los cuales unos cinco un vendedor de estatuillas no dio el coñazo, Javi terminó comprándole algo para que se callara, llegamos ante las puertas del fuerte.







El fuerte Amber, recibe este nombre por estar situado en la localidad del mismo nombre. Al principio pensé que Amber se traduciría por ambar, ya que el color de sus paredes sugieren la tonalidad de esta piedra preciosa. Sea como fuere, aquellos muros anaranjados (siento mi vaga descripción colorista, pero no soy chica. Para mí el pistacho, el meón, etc... son alimentos no colores, y a eso del rosa palo y el blanco roto no le encuentro ninguna lógica) que se confunden con el entorno forman una construcción que parece salir de la propia montaña, formando parte de ésta.

En el interior, un gran patio lleno de cañones constituía la antesala de las zonas palaciegas. Nosotros, siguiendo nuestra política de no pagar entrada, deambulamos un poco por el lugar y regresamos a donde descansaba sosegadamente, fiel a su cultura india, nuestro guía y conductor Jeke.





Desde allí subimos hasta el Fuerte Jaigarth, que forma parte del mismo complejo. Éste se encuentra en lo más alto de la montaña, detrás del fuerte Amber, y se dice que ambos están comunicados por galerías subterráneas.

Jeke nos aconsejó dejar la cámara en el coche, pues los “monos” solían asaltarte para quitártela, ya que el reflejo que desprendían cuando les daba el sol les atraía. Ante tal sugerencia, y viendo el tamaño de los especímenes que rondaban por las inmediaciones opté por dejar mi querida cámara en el coche. Javi me prestó la suya más pequeña y que llamaba menos la atención.

Ya en la puerta, nos planteamos seriamente si entrar o no. No por el precio de la entrada, que esta vez era asequible, si no por los descomunales primates que campaban a sus anchas saltando y corriendo por todas partes. “Si otros turistas han venido antes, ¿porqué no nosotros?”. Así nos introducimos en aquella fortaleza esperando un futuro incierto.



Los monos, no sé de qué tipo, desde luego no eran chimpancés, corrían y saltaban a nuestro alrededor, pero ninguno se interpuso en nuestro camino ni intentó asaltarnos. Poco a poco, esquivando familias de simios que echaban la siesta, como buenos monos indios que eran, ascendimos y descendimos por aquellas antiguas murallas deleitándonos























Tras la visita continuamos camino hasta la capital del Rajasthan, Jaipur. Pronto nuestros ánimos decayeron de nuevo. No, no podía ser, aquí de nuevo el bullicio y apelotonamiento que encontramos en Delhi, se acabó la tranquilidad.















Atravesamos la ciudad en coche, pasando junto al famoso palacio de los vientos y aparecimos en un barrio externo a la ciudad turística, en un pequeño hotelito que rezumaba paz y tranquilidad. “Pues mira que bien” pensamos. La habitación limpia y grande. El sitio en sí invitaba a relajarse. Después del hotelito de Delhi éste era un cinco estrellas.








Descansamos, comimos y tomamos un té. Después un paseo. Pero no nos dirigimos hacia el centro donde se encontraban el bazar y los museos, sino que decidimos quedarnos por “”nuestro barrio””. Y fue divertidísimo, todo el mundo nos saludaba o nos pedía que hiciéramos fotos. Unos tipos incluso nos pidieron ayuda para empujar un coche e intentar arrancarlo. Otros, nos invitaron a sentarnos con ellos para degustar una especie de empanadas rellenas, con una salsa picante que estaba hirviendo, la cual me costó horrores comer, ya que era un poco pesante y yo no tenía ni pizca de hambre, y además sin agua. Pero la simple posibilidad de charlar con la gente local y vivir una experiencia cotidiana con ellos merecía el mal trago, nunca mejor dicho.




















Al llegar al hotel, el premio. Jeke nos esperaba para llevarnos a que nos agasajaran con un maravilloso masaje de pies a cabeza. Se trataba de un masaje ayurvédico, un tipo de masaje medicinal cuyo empleo se pierde en el tiempo.

Estábamos encantados ante la expectativa de reconfortar nuestros cansados y doloridos cuerpos con las manos de…mierda!!. ¿Pero cómo no hemos caído antes? Considerando las dos religiones imperantes en le país, el contacto entre hombres y mujeres está más que descartado, sobre todo si es de cuerpo entero. Oh,oh… ya no pinta tan bien. Efectivamente nuestros mayores temores se confirmaron. Pero remilgos aparte fue un masaje estupendo y reconstituyente.

De vuelta en el hotel, charla animada con Jeke y el dueño del hotel. Luego a dormir y mañana será otro día. Que descanséis.

sábado, 22 de agosto de 2009

(05) INDIA. TOMA DE DECISIONES

Tras la disputa con el falso informador decidimos preguntar en unas taquillas de la estación. “Espero que éstas no sean falsas” pensé. Pero aunque pregunté dos veces, no conseguí entender lo que el señor, desde detrás de los barrotes, me decía. Al principio creí que el fallo era mío, el inglés y yo no somos buenos amigos, pero en el transcurso del viaje, encontré a ingleses y gentes de otras nacionalidades con las que me entendí sin problemas. Yo creo que los indios, al menos los que no pertenecen a las clases más altas, hablan un inglés como el de los españoles: “killo, hellor, cervecita pliss”, y se quedan tan campantes.

La cosa no podía estar más complicada, coger un simple metro…


Tras la disputa con el falso informador decidimos preguntar en unas taquillas de la estación. “Espero que éstas no sean falsas” pensé. Pero aunque pregunté dos veces, no conseguí entender lo que el señor, desde detrás de los barrotes, me decía. Al principio creí que el fallo era mío, el inglés y yo no somos buenos amigos, pero en el transcurso del viaje, encontré a ingleses y gentes de otras nacionalidades con las que me entendí sin problemas. Yo creo que los indios, al menos los que no pertenecen a las clases más altas, hablan un inglés como el de los españoles: “killo, hellor, cervecita pliss”, y se quedan tan campantes.

La cosa no podía estar más complicada, coger un simple metro…

Sin saber qué hacer, ni a donde ir, pues no queríamos regresar a la pasarela para no toparnos de nuevo con los tipos que intentaron timarnos y que se quedaron un poco mosqueados, concluimos atravesar un puente paralelo a la pasarela de metal para llegar al otro lado de la estación.



(Old Delhi. Puente sobre las vías de la estación paralelo a la pasarela metálica que se ve al fondo)

Comenzamos a andar atravesando el puente. Al principio no decíamos nada, simplemente nos limitamos a andar, sumidos en nuestros propios pensamientos, evaluando la situación, deliberando sobre lo que estábamos haciendo y sobre lo que debíamos hacer.

Al final, sin poder encontrar la boca del metro, y expresándolo coloquialmente, se me hincharon las narices y le dije a Javi: “Vámonos andando y al carajo, son sólo dos paradas, no puede estar tan lejos”.




(Old Delhi. Puente sobre las vías de la estación. Los autobuses no tienen puertas, la gente se monta de un salto sin que ni siquiera se detenga).



Así que con decisión, comenzamos a andar, guía en mano, introduciéndonos en un laberinto de calles atestadas de gentes, vehículos y animales. A medida que avanzábamos, el estado de las casas era cada vez más ruinoso, y el espacio del que disponíamos se reducía, comprimiéndose más y más, hasta convirtirse en menos de un metro cuadrado. Comenzó aquí una lucha por perseguir ese metro de intimidad que se iba desplazando de un lado a otro impredeciblemente, como una senda variable y caprichosa que imponía sus propias normas. Hubo un momento, en el que no podíamos pararnos a hablar o tomar una foto, pues nos veíamos arrastrados por la multitud, obligados a avanzar el uno tras el otro, sorteando gente, charcos y animales mientras zigzagueábamos buscando el hueco libre. “Ahora entiendo lo de ir en fila india” apuntó muy ocurrentemente Javi. Esto, a pesar de la situación, me hizo sonreír.



(Old Delhi. De camino a la mezquita, el de la mochila chillona es Javi).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Una de las calles principales).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. La imagen habla por sí misma).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Por si no había suficiente, también las vacas se suman a la fiesta).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Todo este cúmulo de personas y vehículos se están además moviendo).

Pero aunque parezca mentira, lo más insoportable, no era la cantidad inaudita de personas y cosas de todas clases que nos rodeaban, sino el intenso e ininterrumpido ruido ensordecedor que taladraba el cerebro y nos tornaba histéricos. Era como una presencia fantasmal que se aposentaba a nuestro alrededor y que no nos dejaba pensar.



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Todo el mundo utiliza la bocina como algo normal, nadie se molesta, es más, se agradece, es como poner el intermitente).


En la India, seguramente existan ciertas normas de circulación, al menos así lo atestiguan algunos restos de señales o semáforos difuminados incoherentemente en el espacio. Sin embargo, la única regla imperante que parece funcionar es el hacer sonar el claxon tantas veces como sea necesario, hasta que las cientos de personas que abarrotan la calle, se percaten de la presencia del vehículo y se hagan a un lado, permitiendo así el progreso, en una especie de eslalon humano, del medio de transporte en cuestión hasta su destino.

Podríamos considerar, según lo dicho arriba, que la cadencia de pitidos en una de estas calles saturadas es de un pitido por segundo, algo que transcurrida media hora, puede hacer enloquecer a cualquiera que no esté acostumbrado. Imaginad todo el día.



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Credme, dentro de esa garita hay un policia de trafico).

Además, hay que sumar a esto todas las personas, de lo más variopintas, que se acercaban insistentemente dispuestas a ofrecerte cualquier objeto curioso o que se brindaban para llevarte a algún sitio en su ricksaw, quizás porque no entendían que fuésemos andando, o simplemente por que constituiríamos un blanco perfecto (jeje). Pero como ya dije, yo que soy un cabezón de pura raza, insistí en que iríamos andando llegásemos a donde llegásemos.

Por todo esto, hubo un momento en el que me pregunté que diablos hacía allí, tan lejos de todo lo que conocía, de la comodidad y la seguridad de mi hogar, donde todo es más fácil y sencillo, donde puedo tomar decisiones y prever un resultado o donde todo se rige por un cierto orden. Parecía mentira que yo, el reaccionario, el que se opone a tantas leyes y ordenanzas estúpidas, añorase a éstas mismas en un momento como ese. Por otro lado, Javi, sobrecogido y cansado también por todo lo acontecido, no paraba de repetirme: “Puff, esto es insoportable. Yo me iría a Nepal como hicieron unos amigos. Cogieron un avión, que desde aquí son muy baratos, y se fueron a Katmandú. Después de tres días aquí no aguantaron más esta locura y se marcharon a disfrutar de la tranquilidad de las montañas. Y es que si esto es siempre así… , no sé, no sé…”


Pero no era siempre así, aunque casi. Sin embargo terminas acostumbrándote y viéndolo todo con otros ojos. Aún así, debo reconocer que en esos momentos, me planteé seriamente la proposición de Javi, llegando a considerar la posibilidad de abandonar un viaje con el que siempre había soñado. Cuanto me alegro de no haberlo hecho.

Haciendo acopio de voluntad e intentando abrir la mente y disfrutar del lugar tan especial en el que me hallaba, saqué mi cámara y comencé a hacer las veces de turista, intentando inmortalizar cada momento, objeto o situación que encontraba en mi camino.



(Old Delhi. De camino a la mezquita).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Cualquier lugar es bueno).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Si no hay otra cosa, cada uno se lava donde puede).



(Old Delhi. De camino a la mezquita. Igualmente con el pelo).


El ruido ensordecedor de los automóviles quedó recluido en un segundo plano, como un mosquito revoloteando a nuestro alrededor. El sol nos hacía sudar, y la contaminación del ambiente constituía un ente pegajoso que anegaba nuestros ojos y pulmones. A medida que avanzábamos, nos fuimos mezclando más y más en el ambiente, ya casi nadie nos acosaba. “Será que esta zona es menos turística y va cada uno a lo suyo” pensé. Fuimos guiándonos por instinto, casi por la observación del sol, intentando adivinar en que calle nos encontrábamos de entre la maraña que aparecía en el mapa. No había ni una sola indicación.



(Old Delhi. El reocorrido que hicimos desde la estación).



(Old Delhi. El reocorrido, ahora viendo la infinidad de callejuelas).



Me di cuenta en un momento de calma, de que éramos los únicos occidentales que caminaban por aquellas calles repletas de gente, yo pensé que habría más turistas, esta situación me sorprendió. Sin embargo, a parte de una chica rubia, que destacaba más que un calvo en un concierto de Iron Maiden, y que iba acompañada de un guía indio, no vimos a nadie más. Y es que en la India, de lo que más hay son indios…

Por fin, a lo lejos divisamos los minaretes de casi cuarenta metros de altura, que atestiguaban la presencia de nuestro ansiado destino, la gran mezquita “Jama Masjid”.



(Old Delhi. Al fondo la mezquita).



(Old Delhi. Al fondo la mezquita y la chica rubia).


(Aunque cuando pensamos en religión en la India, lo primero que se nos viene a la cabeza es el hinduismo, los musulmanes constituyen un gran número de adeptos en el país, siendo la segunda religión más importante con aproximadamente un 14% de la población. Así, teniendo en cuenta, como ya vimos en post 02, que en la India existe la friolera cantidad de 1.150.000.000 de habitantes, nos da el resultado de unos cuantos seguidores de Alá. A todo esto hay que añadir, que aparte de ciertas disputas entre hindúes y musulmanes en años pasados, en la actualidad suelen respetarse los unos a los otros dejándose profesar sus religiones y creencias respectivas en armonía).

No nos habíamos equivocado. Finalmente, siguiendo el perfil recortado en el cielo de las torres del inmenso templo musulmán llegamos a donde nos proponíamos. Ahora todo sería más fácil….no?

En las cercanías de la mezquita todo seguía igual, el mismo fluir de gentes, la misma suciedad y desconcierto. Sin embargo, algo me llamó la atención. Había personas que se esparcían recostadas en los muros del templo entre escombros y charcos negros y putrefactos, vendiendo cualquier tipo de cosa o simplemente pidiendo limosna, algunos ni eso, sólo se limitaban a dejarse caer allí y ver la vida pasar cual ascetas pensativos y carentes de estímulos. No pude evitar aquí la comparación con el relato bíblico de los mercaderes y el templo.

«Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. En el Templo encontró a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas en sus puestos; hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo...» (Jn 2,13-22; Mt 21,12-17; Me 11,15-19; Le 19,45-46).

Un hombre anciano, con una larga barba blanca, estaba tumbado sobre unos escombros en el suelo. Sin más, giró sobre sí mismo y bajándose el pantalón comenzó a evacuar sin ni siquiera ponerse en pie. Acabado, guardo el instrumento y se giró de nuevo continuando placenteramente con su reposo, a la vez que el orín recorría el camino inverso regresando, presa de la gravedad, de nuevo a su dueño.

Aparté la vista justo antes de que se produjera la tragedia y continué buscando la puerta de entrada a la mezquita.



(Old Delhi. Una de las entradas a la mezquita con sus puertas detectoras de metáles).



(Old Delhi. Alrrededores de la mezquita).



(Old Delhi. Alrrededores de la mezquita).


En la entrada, de nuevo las famosas puertas detectoras de metales. Respiré hondo y dije: “Esta vez no me tima ni Dios, aunque en esta ocasión había un par de soldados con sus metralletas custodiando la entrada. “No creo que lleguen a tanto, macho, me creo que son de verdad y punto”. Al menos las metralletas parecían reales. Cuando entramos, comenzaron a pitar sin para las alarmas, “no, si al final van a funcionar y todo” me dije. Me quité la mochila y la ofrecí para que la registraran. El tipo ni se levantó de la silla en la que se sentaba, y con un sutil movimiento de muñeca me invitó a pasar sin más trámite. De nuevo aquí me pregunté para que servirían las dichosas puertecitas por todos sitios.

Justo cuando habíamos pasado, me percaté de que llevaba conmigo la navaja. No sé hasta qué punto hubiera sido un problema si me hubieran registrado, prefiero seguir ignorándolo…

Una vez atravesadas las puertas, el mundo cambió radicalmente para nosotros, que bien sentaban la paz y la tranquilidad. Simplemente, algunos peregrinos ascendían por las escaleras que llevaban al interior, había más que espacio suficiente para todos y el ruido apenas se percibía. La sombra que ofrecían los gruesos muros del edificio reconfortaba a nuestros cuerpos cansados.



(Old Delhi. En el interior de la mezquita).



(Old Delhi. En el interior de la mezquita).

Mientras me deleitaba, ahora sí, haciendo algunas fotos sosegadamente descubrí a una chica asiática. Estaba sola y me acerqué a hablar con ella. Por un lado para pedirle información, por otro para poder hablar con alguien sin tener que estar en todo momento a la defensiva.

La chica en cuestión, al principio estaba un poco extrañada, “hombre, un occidental que habla inglés igual que los indios”, debía pensar, pero después se alegró de encontrar a alguien con quien charlar un rato. Se llamaba Mammi, “coño, como mi madre” dije yo, aunque creo que no lo pillo del todo…no sé. La verdad es que la pobre tenía aún menos información que nosotros, era su primer día en Delhi, y el último, pues se marchaba a su país, Japón, esa misma noche, después de pasar cuarenta días ella sola pululando por la India.

Cuando nos enteramos de esto, Javi y yo nos miramos recriminándonos lo pardillos que habíamos sido. Una chica de 24 años sola de aquí para allá como hoja que lleva el viento y nosotros, dos mastines que rondábamos los 30, intimidados ante la situación que habíamos vivido. Sin embargo, no todo el monte es orégano, y al poco, descubrimos según avanzaba nuestra conversación, que la chica estaba más contenta de habernos encontrado, que nosotros de encontrarla a ella. Así que la invitamos a venir con nosotros.

En el hotel, nos recomendaron un restaurante típico indio, que era de los más famosos y frecuentados por los mochileros de todo el mundo, el restaurante Karim´s, abierto desde 1913.

Ahora en grupo de tres, nos pusimos en marcha de nuevo a la batalla. La verdad es que no sabíamos como narices encontraríamos el dichoso restaurante, pero no veíamos otra opción, y el hambre apretaba. Sabíamos que estaba cerca de la mezquita, en algún sitio indeterminado de su periferia, pero encontrarlo, a medida que avanzábamos se me antojaba una misión cada vez más difícil de alcanzar. Sin embargo, quizás fruto de la casualidad o del estómago voraz de Javi, cuando menos optimista me encontraba y mis tripas más exigentes me reprendían, mi compañero el bombero dio la voz de alarma. Había visto un cartel imposible que señalizaba el callejón invisible en el que se encontraba la ansiada comida.

Así fue, nos internamos en esa pequeña cueva que daba paso a una placita en la que se encontraba el famoso restaurante. En seguida nos atendieron y dieron de comer estupendamente. Javi y yo, hambrientos, pedimos pollo tandoori, muy famoso en la India y todo el sudeste asiático, y un montón de pan de ajo para empaparlo en suculentas salsas con nombres que no recuerdo. Por su parte, Mammi, pidió lo más barato de toda la carta, y le trajeron un paupérrimo pedazo de carne seca, más pequeño que una salchicha y un poco churruscado. Así que Javi y yo, comprendiendo la situación, volcamos nuestros rebosantes platos en el suyo, y la pobre chica no dejó ni rastro.

Y eso es viajar, que narices, sin un centavo, a pecho descubierto. Que duro es viajar a veces, por eso es tan maravilloso. Era una verdadera aventurera nuestra japonesilla. A la hora de pagar, la invitamos sin pensarlo, y tras una charla y unas fotos, separamos nuestros caminos. Siempre es bonito conocer gente.



(Old Delhi. Restaurante Kamir´s).



(Old Delhi. Restaurante Kamir´s. Plaza a la que se llegaba tras rebasar el callejón).



(Old Delhi. Restaurante Kamir´s. Callejón que Javi descubrió).



(Old Delhi. Ante la mezquita. Os presento a Mammi).



(Old Delhi. Ante la mezquita. Mammi y Javi).


Algo más tranquilos y acostumbrados proseguimos camino, dirección al Fuerte Rojo, sorteando con avidez y decisión los diversos obstáculos que se cruzaban ante nosotros.

Tras más de una hora de caminata llegamos por fin al fuerte. Una inmensa construcción de color rojo que permanecía impasible al transitar del tiempo. La entrada era bastante cara, y nuestros ánimos no nos invitaban a realizar la visita, por tanto nos limitamos a tumbarnos en el césped y descansar un rato. Aquí sucedió algo extraño. Los guardias hacían levantarse a todo el mundo que ocupaba el césped menos a nosotros. Así que tras descansar un poco y por respeto y educación, también nosotros nos levantamos de allí. No llegué a comprender el porqué de esta situación.

Resueltos a regresar al hotel, Javi, en tono reflexivo dijo: Bueno, por lo menos no hace calor”. Y que acertado estuvo, pues al minuto empezó a llover a cántaros.

“Ahora sí que estamos jodidos” me dije. “¿Y que más, ahora que más, un terremoto….?”.

Como no teníamos otra cosa que hacer, pues caminamos bajo la lluvia sorteando gente, coches, motos, bicis, vacas,… buscando la parada del metro, aquella en la que deberíamos haber bajado. Ya que yo, que como dije soy un poco cabezota, me empeñé en que regresaríamos al hotel en metro, y que esta vez nada ni nadie me lo impediría. Tampoco fue nada fácil, pero preguntando se llega a Roma.

(No todo el mundo intenta engañarte o timarte, hay muchísima gente amable y servicial, lo único que pasa es que los que se cruzan en tu camino, sin ser una mera casualidad, lo hacen con ciertas y oscuras intenciones. Aunque después de un duro día de aprendizaje, todo se ve mucho, mucho más sencillo).

Tras el viaje subterráneo de apenas cinco minutos. Aparecimos justo al otro lado de la pasarela que debíamos coger, justo en la boca de metro que no pudimos encontrar por la mañana, y eso que estuvimos, literalmente, a diez metros de la puerta. Atravesamos, ahora sí, llenos de orgullo la susodicha pasarela metálica y descendimos justo en la calle del hotel.

Compramos fruta, nos timaron un poco en el precio, nos duchamos y fuimos a un restaurante, éste muy bonito y acogedor en una terracita, donde degustamos unos platos riquísimos y alguna que otra cerveza.

Tras esto a descansar al hotel, fue un día duro. Mañana una nueva aventura, esto fue sólo el comienzo.