martes, 9 de febrero de 2010

(08) INDA. UN DEVENIR DE EMOCIONES

Después de Pushkar, nuestros ánimos y energías se vieron restituidos. Dijimos adiós a aquella mística ciudad que nos brindó un primer acercamiento a esa India exótica y espiritual que nosotros esperábamos.

De nuevo en carretera, más acostumbrados a los avatares de la misma, continuamos con nuestras charlas copiosas mientras disfrutábamos de los desconocidos paisajes que atravesábamos. Las zonas desiertas se iban mimetizando paulatinamente con áreas un poco más boscosas y fértiles, donde pequeños riachuelos, que desembocaban en lagunas repletas de pájaros y búfalos, disfrazaban un paisaje de ensueño, en el que los animales y plantas ocupaban una tierra, que hasta entonces, solamente habíamos visto sembrada de personas.



Lo calmo, lo espléndido y amplio del entorno rural por el que ahora transitábamos, contrastaba deliberadamente con la suciedad y el trasiego de las grandes ciudades, masificadas e infectas de humos. Por su parte, la fluencia de tráfico iba también menguando, y todo hacía prever una tranquila y relajante estancia en el famoso parque natural hacia el que dirigíamos nuestros pasos.







Cabe destacar, en este peculiar trayecto, una esporádica parada que realizamos a la hora de comer. Jeke, que llevaba trabajando como guía y chofer más de veinte años, había optado en esta ocasión por una nueva ruta, por la que, gracias a una autovía que habían construido hacía poco tiempo, ahorraríamos alguna hora de viaje. Así sólo tardaríamos entre seis y siete horas. Estupendo. De esta manera, a medio camino, nos detuvimos en un asilado restaurante, muy rústico y nada turístico. Jeke nos sugirió comer allí, y nosotros, viendo lo auténtico del lugar accedimos encantados. Cuando entramos estaba, como no, atestado de gente. En su totalidad eran personas de raza india. Al vernos entrar uno de los camareros nos recibió con los brazos abiertos (recuerdo aquellos maravillosos tiempos en los que pasaba lo mismo en España, pensé). Rápidamente mandó a otros dos tipos a desalojar una mesa, ya que no había sitio libre para nosotros, y la colocó en un lugar limpio y fresco. Yo no sabía que decir:

- Pero hombre no, no quite a esa gente de su sitio, nosotros podemos esperar, no hace falta…

El tipo se limitó a sonreír y a asentir con la cabeza mientras continuaba preparándonos la mesa. Quizás no se enteró de nada, quizás no se quiso enterar, la cosa es que al momento nos encontramos sentados. Fue algo parecido a cuando le pides un poco de pan al chino que ha llegado nuevo al restaurante, y todo lo que consigues es una sonrisita y un “síl, síl, pan síl”, pero al rato no aparece el pan por ningún sitio. Sin embargo, para desdramatizar, debo decir, que estos pobres que fueron desalojados se apretaron con los de la mesa contigua, a los que no sé si conocerían de algo, y continuaron comiendo como si nada hubiera sucedido. Visto esto no me atrevería a decir que lo acaecido se debiera a que éramos extranjeros (blancos) o simplemente a que ese era el procedimiento habitual para conseguir plazas extras.

Ya instalados confortablemente, comencé a observar a las personas que nos rodeaban. Eran viajeros como nosotros que sólo estaban de paso. Algunos se desplazaban en autobús, otros en cambio, venían en coche o furgoneta. Se podía deducir de esto que eran familias medianamente acomodadas. Algo interesante fue el hecho de comprobar que las familias, padres, hijos, abuelos,… se comportaban exactamente igual a nosotros cuando viajamos en familia, es decir, montando jaleo y algarabía hablando todos al mismo tiempo y vociferando. Me resultó divertido, hay cosas que no cambian.

Al momento nos agasajaron con suculentos platos y pan de pita (buenísimo), que Jeke había pedido. Durante todo el tiempo que estuvimos comiendo, y a pesar de que el restaurante estaba a rebosar, un camarero se apostó a nuestro lado con las manos a la espalda, dispuesto a actuar ante el más mínimo de nuestros requerimientos. Yo, que de nuevo volvía a sentirme abrumado con tan servil situación como la que mantuvimos en el desierto, miraba al hombrecillo diciéndole con mi inglés castúo: “ok, ok, everything is ok”, esperando que comprendiera que estábamos servidos y que podía continuar con su trabajo en otro sitio. Sin embargo, lo más que recibí fue una sonrisa y asentimientos, y así transcurrió la velada sonriéndonos el uno al otro. Tuvimos pues que gratificarle acabada la comida con una nada despreciable propina. De nuevo, al igual que en Delhi, donde todos nos perseguían solícitos y con una enorme sonrisa, volví a sentirme un billete andante.

(Este servilismo para con el occidental, debe corresponderse con los vestigios profusos de una antigua vida colonial, donde los lores y loresas eran halagados con todo tipo de prebendas y atenciones sentados en sus cómodos sofás a la hora del té)




Hecho este inciso, continúo con el relato de nuestra llegada a Ranthambore. El hotel al que nos condujo Jeke en esta ocasión se encontraba inmerso en un recinto hotelero presto a atender todas las demandas de los turistas que visitaban la reserva para poder ver al gran felino, el tigre. Este hotel, con sus edificios y jardines, superó con creces nuestras mejores expectativas. Tenía incluso piscina. Y aquí, como nosotros, se encontraban varios turistas occidentales, sobre todo americanos.






Lo primero que hicimos, después de pactar el precio, (cinco euros la noche por persona, el chofer duerme gratis por llevarnos allí, un precio, dado el lugar, bastante irrisorio, más considerando que a los extranjeros nos cobran un precio especial, precio Benidorm), fue descansar un poco y darnos una somera ducha. El complejo hotelero se encontraba a las afueras de una pequeña localidad ubicada justo detrás de las vías del tren. Dando un paseo nos acercamos hasta que la tuvimos a la vista, desde un puente que sorteaba las vías. Desde lo alto, el pequeño pueblo se mostraba decrépito y sucio. Parecía un suburbio de cualquier gran ciudad americana con los coches rotos y las basuras desvencijadas por las calles. Aunque la gente nos saludaba desde lo lejos sonriendo. Javi, en este caso más atrevido que yo, me animó a dar un paseo y conocer el pueblo. Al pasar por las primeras calles, apreciamos como los monos, que saltaban por todos sitios, eran los dueños del lugar, o como unos cerdos un poco extraños, parecidos en parte a los jabalíes, campaban a sus anchas como perros callejeros. La gente empezó a mirarnos divertida al percatarse de nuestra presencia, todos pedían que le sacásemos una foto mientras posaban. Aunque lo que nos desconcertó, fue ver como ellos nos hacían fotos a nosotros desde sus casas, totalmente intrigados. Claro, lo mismo es extraño un indio para mí, que yo lo soy para un indio, pensé. No estaban mal unos momentos de fama, je,je…

Todo el mundo era muy amable y nos saludaba. Aquí nadie intentaba vendernos nada, nadie intentaba timarnos. Era un lugar completamente distinto a los que habíamos estado. Por primera vez la gente no veía en nosotros solamente dinero. Cada uno iba a lo suyo. A pesar de estar a pocos cientos de metros de un gran complejo turístico, nadie se aventura a visitar esa población. La gran mayoría de los turistas han ido para ver a los tigres y demás animales, nada les interesa un pueblo perdido donde no hay monumentos ni tiendas. Pero yo encontré aquí un remanso donde apreciar la verdadera India, la cotidiana, que no vive de la precaria limosna del turisteo. Y la experiencia me encantó, me enseño justo lo que buscaba.

















Por la noche nos pusimos hasta arriba de comer en el restaurante. Al salir de éste, una chica que se sentaba a una mesa escribiendo en su diario preguntó: - ¿españoles?

- Ah hola, sí. ¿Qué tal? – Se nos ve a la legua macho, pensé.

La chica se llamaba Cecilia, y es la autora de algunas de esas maravillosas fotos que he puesto en el blog, y que seguiré poniendo, (tengo el copyright, que no vaya a venir aquí ahora la SGAE con historias…). Nos sentamos con ella y estuvimos hablando durante mucho tiempo. Era una viajera nata, nos contó sus experiencias por estos mundos de Dios, y creo que a ambos nos agradó encontrar compañía. Al final de la velada, quedamos en vernos en Agra dos días después, ella partía para allá donde se encontraría con dos amigas. Nosotros al día siguiente visitábamos el parque y dos días después nos dirigiríamos hacía Agra par visitar el Taj Mahal. De allí en tren a Varanasi, al igual que ellas. El plan era hacer el viaje juntos. Así nos despedimos esperando encontrarnos el día señalado.

Bastante temprano el día siguiente, hay que ver lo que madrugan los tigres, nos montamos en una camioneta descapotable. A mí no me inspiraba mucha confianza, si a uno de esos tigres les daba por dar un saltito y comerse a alguno…, no sé para qué sería ese papel que nos hicieron firmar eximiéndose de responsabilidad en caso de muerte. Yo no era de los que estaba más gordos, eso me tranquilizaba…. En fin, a pocos kilómetros de donde nos alojábamos, y después de recoger turistas de los diversos hotelitos que poblaban el complejo, llegamos al esperado parque. La entrada no pudo más que suscitarme la comparación con el archifamoso Jurasik Park de Spielberg. El lugar era precioso, aunque tigres, tigres, lo que vienen siendo tigres no vimos, todo lo más unas huellas que atestiguaban su presencia. No resulta fácil verlos, no suelen aparecer por los caminos por los que los jeep y camionetas recorren el parque. Cecilia, la chica de la noche anterior, si que vio una tigresa, nosotros en cambio vimos un leopardo. Dicen que estos son muy difíciles de ver, que son muy tímidos. Efectivamente, el animal salió corriendo al vernos, por fortuna en sentido contrario al nuestro, y desapareció entre la maleza. Vimos también muchos pájaros, ciervos de distintas marcas y muchos monos, como no. La experiencia me gustó, se me hicieron cortas las casi tres horas que estuvimos deambulando por aquellos abruptos lares. Hubiera vuelto al día siguiente, pero teníamos que viajar a Agra. La impresión de ver los animales suelto, en su hábitat, me produjo una sensación extraordinaria, de euforia, de libertad.













































De vuelta en el hotelito, me crucé con un chico indio que se alojaba allí también, el cual me dijo:
- ¿Dónde vas?
- ¿Qué? – respondí yo incrédulo ante tal entrometida pregunta.

- Si, ¿qué a dónde vas? – repitió el tío.

- A mi habitación - respondí con cara de tonto.

- Ah, pues que aburrido – dijo mientras continuaba su camino.

Una vez que salí de mi asombro y reaccioné, me dije: “se va a enterar el tío este hombre, aburrido dice…, el tío…” Así que llamándole la atención le pregunte.

- Oye, oye, espera un momento. ¿Y qué se supone que vas a hacer tú tan interesante?, amigo.

- Bueno, - replicó el tipo muy tranquilo – voy a cambiarme y a jugar un partido de vóley en la piscina con mis amigos. ¿Te apuntas?

- Ehh, eh, … - balbuceé al ver totalmente rota mi ofensiva - ¿a qué hora?

- Dentro de media hora en la piscina, díselo a quien quieras.

- Ok. Nos vemos.

Regresé a la habitación buscando a Javi para contarle lo sucedido más contento que unas pascuas, ya teníamos algo que hacer, y además con oriundos.

A la media hora, ataviados con nuestras mejores ropas de baño, vamos el bañador que tengo hace cinco años, y toalla al hombro, nos presentamos en la citada piscina y nos sumergimos en sus dudosas aguas. Al momento empezaron a llegar tíos como indios, bueno es que eran indios, que se tiraban a lo bomba en la piscina. Improvisando una red con unas cuerdas que había por allí perdidas atándolas a ambos lados de la piscina, bueno a un lado atada, al otro la sujetaba uno de estos chicos que hacía a la vez de árbitro y poste. Nos dividimos en dos equipos tras presentarnos, no recuerdo ningún nombre, ni en aquellos momentos tampoco, y comenzamos el partido de vóley en piscina más peculiar que he jugado jamás. “Eran mu malos”, como se dice en mi pueblo. Cuando nos cansamos de hacer el tonto, jugamos al futbol en el césped del jardín, también eran terriblemente malos, así que decidieron cambiar de estrategia. Nos invitaron a jugar al criquet y a tomar el té.

Mientras tomábamos el té y aprendíamos, grosso modo, las normas del juego, nos contaron que estaban allí de vacaciones todos los compañeros de departamento. Eran unos quince tipos de entre 20 y 30 años que trabajaban en una gran empresa de no sé qué y tenían estos tres días para relajarse y disfrutar. Y me explico, estos tres días en todo el año. Así que estaban dispuestos a aprovecharlos, y vaya si lo hicieron. Después de jugar fuimos a cambiarnos y nos invitaron a cenar. Ellos se suponían ricos, es decir, como nosotros, es decir, pobres. Pero en la India, con un mínimo nivel adquisitivo puedes ser considerado rico. Pusieron unas mesas en el jardín y comimos y bebimos como locos, sobre todo bebimos, estos animales habían comprado media tienda. Hay cosas que no cambian. Estaban muy contentos por contar con nosotros esa noche, para ellos era importante tenernos como invitados. Para nosotros fue una experiencia inolvidable y un honor ser sus huéspedes aquella característica noche.

Dos de los chicos eran los jefes. Quiero decir los jefes de departamento, y así los llamaban, jefe. Les tenían un respeto absoluto, yo supuse aquí la misma jerarquía que en las castas, la sumisión voluntaria hacía un supuesto superior. Después de la cena, empezaron con el whisky y comenzamos a hablar de chicas. Sonrío al escribir esto, y es que hay cosas que no cambian. El hombre es hombre y no cambia allende las fronteras. Nos preguntaron por las chicas españolas, y Javi yo, grandes adalides en esto lances, resolvimos todas sus dudas y preguntas de inmediato, (escribiré aquí un jeje por si acaso). Estuvimos incluso contando chistes y lo pasamos estupendamente.

Más tarde, el más jefe de los jefes, comenzó a hablar conmigo sobre economía y política, sin llegar a ser transcendentales en estos temas que por otro lado desconozco absolutamente. Decía que la India es una de las grandes potencias del mundo. Tenían fábricas de coches muy importantes (TATA), armamento nuclear e incluso agencia aeroespacial. ¿Qué era lo que tenía España o el resto de países europeos para que los occidentales llegaran a la India con esos aires de superioridad y altanería?

- Por supuesto no lo digo por vosotros – aclaró. – Vosotros sois muy amables y simpáticos. Estáis hoy con nosotros como si fueseis uno más, integrados en el grupo. No suele ser lo habitual con los turistas que vienen a nuestro país.

- Bueno,… - comencé sin saber por dónde atacar – en realidad hay un poco de todo en todos los sitios y países. Hay gente humilde y simpática y auténticos gilipollas. Incluso en la misma India, te lo aseguro - decía recordando al timador de la estación de Old Delhi. – Nosotros, por nuestra parte, hemos venido aquí para conocer la India, su cultura y su gente. Es una suerte y un verdadero honor estar hoy aquí con vosotros y ser vuestros invitados. Pero no todo el mundo tiene las mismas inquietudes. Como decía hay de todo.

- Si, pero ¿qué piensa la gente en general de la India en Europa? ¿Qué esperan ver aquí cuando vienen?, ¿qué piensan de nosotros?, ¿cómo nos ven? – me acribilló.

- La verdad es que la India, como el resto de países con una cultura tan diferente y a una distancia tan grande a nosotros, no está tan presente en nuestro día a día como lo estarían los Estados Unidos o los propios países de la unión europea. Sin embargo, tengo que decir, en contra de lo que piensas, que por mi experiencia la gente en general tiene un buen concepto de este país. Se considera la vuestra una cultura muy antigua y tradicional, con costumbres que se pierden en el tiempo, se cree que los indios son gente amable y acogedora, y esto puedo asegurarlo de primera mano. A mucha gente le gustaría venir a visitar este país, pues se considera muy exótico y diverso.

- ¿En serio dices que habría mucha gente interesada en visitar nuestro país? – preguntaba rodeado por todas las cabezas de sus compañeros.

- Si, estoy seguro. Mucha gente siente curiosidad por conocer este país tan místico, con una filosofía trascendental que está cada vez más de moda en occidente. Pero en verdad, no todo el mundo se atreve a venir a un lugar tan lejano y diferente.

- ¿Por qué no?

- Pues supongo que porque es un país con una concepción de la vida y unas normas sociales totalmente distintas a las nuestras, porque en verdad, también se piensa que hay mucha pobreza y que por eso puede ser un país peligroso –
intentaba dar mis argumentos procurando herir la sensibilidad de los presentes lo menos posible.

- ¡¿Cómo que pobreza?! India es uno de los países más poderosos del mundo – argumentó mi nuevo amigo.

- Si, si, ya lo sé, pero eso no es suficiente. Sabemos que la India está creciendo muy rápido, sabemos que vuestro ejército es muy poderoso, supongo que aniquilaría mi país en un segundo con sus bombas nucleares, pero también hay muchísima gente tirada por las calles entre la basura. No sólo vale con ser fuertes y poderosos, es necesario ser justos y democráticos (esto último no me lo creo ni yo, pero bueno). En este país sois tantos millones de personas que se hace tremendamente difícil de gestionar. En España somos unos 40 millones de habitantes y ya es difícil, aquí estáis en torno a 1.100 millones. Es lógico que las cosas vayan lentas y que haya grandes desigualdades.

- Yo no creo que en la India haya tanta pobreza, este es el país donde hay más millonarios del mundo.

- Si, ¿y no es también el país donde más pobres hay? Es una cuestión de proporción, no de cantidades absolutas. En España, en Europa, la mayor parte de la gente tiene un nivel de vida como el tuyo y el mío, por supuesto también hay mucha gente pobre, pero en proporción la diferencia es grande con respecto a la India.

(Ahora, escribiendo estas líneas y recordando una frase que se ha repetido mucho a lo largo de este blog, “y sin embargo parecían felices”, me pregunto si aquello que yo defendía con tanto ahínco estaba bien fundado. ¿quién es más afortunado, el señor que vive a la puerta de su tienda sobre una rudimentaria hamaca viendo la vida passar, o un trabajador medio en España víctima del capitalismo, trabajando de sol a sol con todos sus problemas sociales y estructurales (materiales)? No estoy suficientemente preparado para dar respuesta a esta pregunta, creo que para esto se inventó una frase que saca muy bien de apuros, “todo es relativo”).

- Bien, - concluyó el chico no muy convencido de mis explicaciones, también hay que sumarle intentar explicar esto que resumo aquí en inglés, el no tenía problemas, pero a mí me costó lo mío, hice lo que pude – bebamos y dejemos estos temas tan aburridos.

Recordaba en aquellos momentos algo que mi querida amiga Sook, de Corea del Sur, me dijo cuando estábamos en Turquía y se disponía a visitar algunos países de Europa por primera vez, cuando la pregunté si pasaría también por España y ella respondió:- noooo!!.

- ¿No?, ¿por qué no? –
pregunté confuso.

- España es muy peligrosa.

- ¿Qué que?, ¿Pero qué dices?, ¿por qué peligrosa? ¿No será Corea más peligrosa que España? –
preguntaba yo absolutamente desconcertado. Pero si Corea era un país semidesarrollado, me repetía convencido sin saber absolutamente nada de ese país más allá de su localización y de su segregación de Corea del Norte. Aquí fui un iluso total, estaba convencido de manera inconsciente de que España era superior en todos los sentidos a Corea, y como decía no tenía ni la más remota idea de cómo era este país asiático. Hoy en día sigo sin saberlo, pero sin embargo soy más consciente de cómo es España, mi visión es más crítica y objetiva. Una cosa es lo que creemos ser y otra la que somos en realidad.

A los dos años, Sook vino a España con una beca de seis meses en la universidad de Córdoba, quizás incitada por mis argumentos a favor de mi país de aquel día. Estuvo unos días en mi casa y recordamos la anécdota riéndonos ambos de nuestra ignorancia.

“Todo lo que se ignora, se desprecia”. (Antonio Machado)

Cuando parecía que todo había acabado en nuestra peculiar cena hispano-india, nos invitaron a ir a una de las habitaciones, donde unos cuantos se habían juntado y, borrachos como cubas, saltaban y bailaban con canciones típicas cantadas voz en grito. Uno de ellos me pidió que cantara una canción típica española, y yo, que siempre me vi resuelto y encantado con este tipo de situaciones, los formé en dos hileras enganchados por los brazos y tras unas breves explicaciones comencé a entonar:

- Tititití - tití- tirirí - tirirí – eh, eeh!!! (Bis), etc…

El espectáculo fue digno de mención, un montón de indios borrachos cantando tiriri y esperando ansiosos para hacer eh, eeh, moviendo las caderas. Creo, y lo digo por experiencia, que esta canción junto con la de la cabra, incluso podríamos considerar La Macarena, son las canciones más apreciadas allende nuestras fronteras, a nivel de fiesta y borrachos, se entiende.

Nos despedimos de ellos con muchos abrazos y fotos de familia. Intentaron convencernos para que nos quedásemos un día más, pero ya teníamos todo previsto y preparado para partir a la mañana siguiente. Nos dio mucha pena decir adios, fue una grata experiencia, muy bonita y edificante. Ahora Agra nos esperaba, aquí nuevas aventuras.