Recorriendo el camino inverso al que nos trajo al hotel el primer día, despedimos aquella calle embarrada y esa ciudad atesada de gentes rumbo a otros parajes de desconocida apariencia.
Saliendo de la ciudad llegamos a la autopista, y avanzamos hasta los puestos de peaje, donde de improviso los coches comenzaban a agolparse como enjambre de avispas atareadas buscando su sitio en el panal. En estos momentos no existen normas, si es que existieron alguna vez, cada uno hace lo que puede, “a maricón el último”. Javi y yo nos miramos perplejos ante el danzar de coches moviéndose alocadamente, tratando de ganar posiciones driblando a sus adversarios con maniobras suicidas. Los carriles desaparecen aunque estén pintados en el suelo, no son más que ilusiones ópticas. La carretera se convierte en una explanada donde cada uno se mueve a su antojo. A tal punto llega esta locura, que los coches se ven obligadas a levantar ambos espejos retrovisores debido a la poca distancia a la que pasan los unos de los otros.
Después de pasar este trance, los seis o siete carriles se convierten en dos y comenzamos a avanzar por la autovía a unos 80 km/h.
Otra cosa a destacar, algo sin importancia, sería la presencia de ciertos vehículos, desde pesados camiones hasta carromatos arrastrados por camellos, que aparecían, sin más, en sentido contrario cuando menos los esperabas, o la gente que atravesaba la calzada, andando o en bicicleta, sin pararse, en la mayoría de los casos, ni siquiera a mirar.
Fue esta, la primera vez en la que me percaté del poco valor que le dan a la vida en la India. La gente se sienta en la cuneta, a ver la vida pasar, digo yo, por donde camiones descacharrados transitan a veces a menos de un metro de distancia balanceándose de un lado a otro por transportar más carga de la debida.
Existen también ciertos coches, sobre todo del tipo jeep, que hacen las veces de taxis entre distintas localidades. Pueden montarse en uno de éstos hasta treinta personas. Lo mismo ocurre con los autobuses, donde la gente se acomoda en el techo de los mismos, (cinturones, medidas antivuelco,… ¿qué me estás contando?). Incluso, puedes encontrar camionetas donde se alojan los pasajeros cual sardinas en lata, bajo un sol torturador que corta la respiración.
Impresionado por lo que veía, le pregunté a nuestro chofer, Jeke, que a diferencia del que nos trajo desde el aeropuerto hablaba muy bien inglés, cómo esas personas podían amontonarse de tal forma y con ese calor. A lo que Jeke respondió muy filosófico: “En la India todo es posible”.
Yo sonreí ante tal ocurrente respuesta. “Ya”, dije “pero la gente puede llegar a desmayarse con este calor, hay niños y personas mayores, (si es que ahí hay más gente que en una plaza en las Cruces de Granada macho)”.
“Si, tienes razón”, seguía Jeke, “algunos mueren de insolación. En la India la vida no tiene mucho valor”.
Haber escuchado esa frase de boca de un indio, me hizo estremecerme aún más. “Ahh…vaya” llegué a articular.
La verdad es que el valor de la vida es algo que el propio ser humano confiere. Supongo que mientras mejor vivas la vida que tienes, más la valoras. De todas maneras, considerando esto desde un punto de vista objetivo, e interpretando sus creencias, morir es adelantarse un paso en el camino al Nirvana, (como contábamos en el post 04), la vida en este mundo es efímera, es un puro trámite que hay que pasar. Nosotros, en nuestra cultura cristiana, aunque con muchos matices, creemos exactamente lo mismo. Sin embargo, existe un afán de supervivencia en el ser humano que nos condiciona, aunque no sabemos de dónde viene, y esto nos hace aferrarnos a la vida en contra de nuestra propia creencia popular. Bueno, algún día sabremos de qué va todo esto.
Tras varios kilómetros dejamos la autovía y tomamos una vía segundaria. “AY MADRE”.
La expresión que mejor define lo que sentí en esos momentos es: MIEDO.
Después de hablarlo entre nosotros durante un minuto, Javi le pidió amablemente al chofer ir más despacio, que no teníamos ninguna prisa.
“En la India hay muy pocos accidentes”, decía Jeke mientras en la cuneta se veía un camión estampado contra un enorme árbol. “No tengáis miedo, de día no es peligroso. Es por la noche cuando conducir es un suicidio”, continuaba mientras nosotros observábamos hasta tres y cuatro coches en paralelo. Algunos tenían que invadir la cuneta para que los otros pasaran. Pero allí no se molestaba nadie. Es así como funcionan las cosas. Si viene alguien de frente, pues lo esquivo y ya está.
“Es de noche cuando es peligroso” continuaba Jeke, “las carreteras no están pintadas ni señalizadas y los camioneros conducen toda la noche sin descansar, y muchos de ellos borrachos”
“Ahh, me tranquiliza mucho Jeke” dije.
Con el tiempo te das cuenta que, al menos en parte, tenía razón. Se circula a poca velocidad, y los conductores van atentos a cualquier cosa. No sé como explicarlo. Esquivar coches es algo natural. Ellos esperan que en cualquier momento alguien les venga de frente y actúan en consecuencia, pasando entre dos camiones, echándose a la cuneta, algo natural, como para nosotros coger una curva o poner el intermitente, nadie se extraña o se molesta.
Un poco más relajados continuamos nuestra charla. (Durante el viaje mantuvimos largas e intensas conversaciones, los trayectos son largos y escabrosos. Es ésta una gran oportunidad de conocer a quien viaja contigo, e incluso de conocerte a ti mismo, evaluándote en un contexto extraño y poco afín, en el que los conceptos e incluso los preceptos que siempre tuviste se diluyen en el ambiente, y hay que empezar de nuevo a formarse ciertas ideas). Al poco, apareció a lo lejos el resplandor del Fuerte Amber. Un impresionante complejo suspendido en la pared de la montaña, con sus hermosas murallas luciendo al sol de la mañana.
Jeke aparcó y nos dijo: “Bien chavales, este es el Fuerte Amber. Yo os esperaré aquí, podéis subir andando o en elefante, en elefante es bastante divertido”.
Nos dirigimos entonces hacia la calle principal que ascendía serpenteando hasta la enorme puerta de entrada, y donde a modo de parking “bicizaragoza” se ordenaban los descomunales paquidermos engalanados para la ocasión.
Yo, que nunca tuve la oportunidad de ver uno de esto gigantescos animales tan de cerca, estaba encantado con poder tocarlos y montar en ellos. Javi, en cambio, no accedió de buen grado a la experiencia, ya que consideraba la actividad como algo propio del turisteo. Y no le faltaba razón diré, pero yo no quería perder la oportunidad de montar en elefante y me fui como un loco hacia ellos.
A través de unas escaleras se accedía a una plataforma, y de ahí, sin despeinarnos, a lomos del elefante. Me quedé un poco disgustado, yo quería subir escalando por las orejas y todo eso que se ve en las películas, pero tampoco hay que ser demasiado exigentes.
Cabalgando, o elefanteando, no sé, durante diez minutos, de los cuales unos cinco un vendedor de estatuillas no dio el coñazo, Javi terminó comprándole algo para que se callara, llegamos ante las puertas del fuerte.
El fuerte Amber, recibe este nombre por estar situado en la localidad del mismo nombre. Al principio pensé que Amber se traduciría por ambar, ya que el color de sus paredes sugieren la tonalidad de esta piedra preciosa. Sea como fuere, aquellos muros anaranjados (siento mi vaga descripción colorista, pero no soy chica. Para mí el pistacho, el meón, etc... son alimentos no colores, y a eso del rosa palo y el blanco roto no le encuentro ninguna lógica) que se confunden con el entorno forman una construcción que parece salir de la propia montaña, formando parte de ésta.
En el interior, un gran patio lleno de cañones constituía la antesala de las zonas palaciegas. Nosotros, siguiendo nuestra política de no pagar entrada, deambulamos un poco por el lugar y regresamos a donde descansaba sosegadamente, fiel a su cultura india, nuestro guía y conductor Jeke.
Desde allí subimos hasta el Fuerte Jaigarth, que forma parte del mismo complejo. Éste se encuentra en lo más alto de la montaña, detrás del fuerte Amber, y se dice que ambos están comunicados por galerías subterráneas.
Jeke nos aconsejó dejar la cámara en el coche, pues los “monos” solían asaltarte para quitártela, ya que el reflejo que desprendían cuando les daba el sol les atraía. Ante tal sugerencia, y viendo el tamaño de los especímenes que rondaban por las inmediaciones opté por dejar mi querida cámara en el coche. Javi me prestó la suya más pequeña y que llamaba menos la atención.
Ya en la puerta, nos planteamos seriamente si entrar o no. No por el precio de la entrada, que esta vez era asequible, si no por los descomunales primates que campaban a sus anchas saltando y corriendo por todas partes. “Si otros turistas han venido antes, ¿porqué no nosotros?”. Así nos introducimos en aquella fortaleza esperando un futuro incierto.
Los monos, no sé de qué tipo, desde luego no eran chimpancés, corrían y saltaban a nuestro alrededor, pero ninguno se interpuso en nuestro camino ni intentó asaltarnos. Poco a poco, esquivando familias de simios que echaban la siesta, como buenos monos indios que eran, ascendimos y descendimos por aquellas antiguas murallas deleitándonos

Tras la visita continuamos camino hasta la capital del Rajasthan, Jaipur. Pronto nuestros ánimos decayeron de nuevo. No, no podía ser, aquí de nuevo el bullicio y apelotonamiento que encontramos en Delhi, se acabó la tranquilidad.

Atravesamos la ciudad en coche, pasando junto al famoso palacio de los vientos y aparecimos en un barrio externo a la ciudad turística, en un pequeño hotelito que rezumaba paz y tranquilidad. “Pues mira que bien” pensamos. La habitación limpia y grande. El sitio en sí invitaba a relajarse. Después del hotelito de Delhi éste era un cinco estrellas.
Descansamos, comimos y tomamos un té. Después un paseo. Pero no nos dirigimos hacia el centro donde se encontraban el bazar y los museos, sino que decidimos quedarnos por “”nuestro barrio””. Y fue divertidísimo, todo el mundo nos saludaba o nos pedía que hiciéramos fotos. Unos tipos incluso nos pidieron ayuda para empujar un coche e intentar arrancarlo. Otros, nos invitaron a sentarnos con ellos para degustar una especie de empanadas rellenas, con una salsa picante que estaba hirviendo, la cual me costó horrores comer, ya que era un poco pesante y yo no tenía ni pizca de hambre, y además sin agua. Pero la simple posibilidad de charlar con la gente local y vivir una experiencia cotidiana con ellos merecía el mal trago, nunca mejor dicho.
Al llegar al hotel, el premio. Jeke nos esperaba para llevarnos a que nos agasajaran con un maravilloso masaje de pies a cabeza. Se trataba de un masaje ayurvédico, un tipo de masaje medicinal cuyo empleo se pierde en el tiempo.
Estábamos encantados ante la expectativa de reconfortar nuestros cansados y doloridos cuerpos con las manos de…mierda!!. ¿Pero cómo no hemos caído antes? Considerando las dos religiones imperantes en le país, el contacto entre hombres y mujeres está más que descartado, sobre todo si es de cuerpo entero. Oh,oh… ya no pinta tan bien. Efectivamente nuestros mayores temores se confirmaron. Pero remilgos aparte fue un masaje estupendo y reconstituyente.
De vuelta en el hotel, charla animada con Jeke y el dueño del hotel. Luego a dormir y mañana será otro día. Que descanséis.


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