sábado, 9 de enero de 2010

(07) INDIA. UNA HISTORIA SAGRADA

Esta mañana, mientras disfrutaba de una buena ducha en nuestro lujoso hotel, escuché una fuerte explosión. Rápidamente me asomé a la ventana, pero todo parecía tranquilo, el mundo seguía su marcha cotidiana, como si nada hubiera pasado. Podría parecer un poco paranoico, pero habían pasado escasos días desde último atentado en un hotel de Bombay, y aunque sería mucha casualidad, durante unos instantes no dejé de preocuparme. Supongo que sería alguna bombona de butano o algo por el estilo, utilizan muchas de esas tipo camping para cocinar, y en las condiciones que se suelen hacer aquí las cosas no me extrañaría demasiado que hubiera sido eso.

Sin más preámbulos, recogimos nuestras cosas y, tras un buen desayuno y un té, a los que Javi se estaba enganchando, reanudamos la marcha hasta la siguiente ciudad que teníamos previsto visitar. Una ciudad sagrada, Pushkar.

Antes de abandonar definitivamente Jaipur, Jeke nos invitó a tomar un Lassi, (bebida típica en la India hecha de yogurt, como el yogurt natural pero líquido. A veces lo mezclan con frutas. Está buenísimo). En este lugar, un pequeño tenderete, Jeke, nos aseguraba que era donde se hacía el mejor Lassi de toda la India. Degustamos esta deliciosa bebida que nos sirvieron en vasos de barro, que después había que tirar y romper, y proseguimos camino a través de las abarrotadas carreteras indias.
Al hacer click sobre las fotos se ven en grande, anden o no anden.







Después de varias horas de camino observando infinidad de singularidades a través de la ventana de nuestro pequeño coche llegamos por fin a nuestro destino.

Pushkar, la ciudad del loto azul, es, como decía, una ciudad sagrada. Cuenta la leyenda que el Dios Brahma la creó después de que un cisne dejase caer una flor de loto en ese mismo lugar. En la cultura india (hindú), todo está sujeto a una leyenda, todo tiene un origen mitológico basado en los dioses. Brahma es el dios creador, el primero de la triada de los dioses principales, los otros dos son Visnú (el preservador) y Shivá (el destructor).



(BRAHMA)


(VISNÚ)


(SHIVA)

(Aquí, algo que para mí es bastante interesante. La sociedad india tradicional se ha constituido siempre en castas. Las castas son una jerarquía social a la que se accede por ley divina (siempre hablando del hinduismo). Un indio, en su más ínfimo nivel, en su primera vida, se encuentra en la posición más baja, sería un paria o intocable. Éstos son considerados como animales, y se encuentran tan bajos en la sociedad que ni siquiera se encuentran dentro de una casta. Tras ellos ascendiendo en la escala, en la casta más baja, se encuentran los sudras que serían los esclavos, después nos encontramos con los vaishias que serían los agricultores y comerciantes, a continuación aparecen los chatrías que serían los guerreros y por último los brahmanes que serían los sacerdotes. Los indios tienen perfectamente asumidas estas castas, que consideran sagradas, y tienen prohibido aspirar pasar a otra casta en el transcurso de su vida o casarse con alguien que pertenezca a una casta distinta. Solamente mediante las sucesivas reencarnaciones se puede ir ascendiendo o retrocediendo en la jerarquía, y esto depende, como decíamos en el Post 04, del Darma y el Kharma, es decir, de cómo nos hayamos comportado en nuestra vida anterior. Así se irá avanzando en la escala hasta llegar al Nirvana o salvación.
Esto explica el porqué a Brahma se le llama el creador, pues en él se encuentra la fuente de la vida, ya que según la creencia de su boca salen los Brahmanes (sacerdotes), de sus brazos los Chatrías (guerreros), de sus caderas los Vaishias (comerciantes y agricultores) y de sus pies los Sudras (esclavos). Los intocables no sé de donde saldrán, que cada uno utilice la imaginación…. Visnú sería el dios preservador, que se encarga de salvaguardar la vida en cada reencarnación y por último encontramos a Shiva que es el destructor, el que acaba con la vida para dar paso a la siguiente reencarnación.
En la sociedad actual esta sectorización está remitiendo, y con Gandhi los intocables empezaron a considerarse personas y a tener acceso, de manera legal, a realizar ciertos trabajos. Aún así en determinadas zonas rurales, los de menor casta siguen siendo considerados como impuros por los de castas superiores, y aunque por su trabajo un intocable tenga una fortuna en el negocio de las pieles y un brahmán se esté muriendo de hambre en la calle, siempre este último mirara con descaro y altivez al otro debido a su posición ya que el trabajo de las pieles está considerado como impuro en la tradición india, algo impropio para un sacerdote.
En fin, sea como sea las diferencias sociales han existido, y preveo existirán, en todas las culturas y durante toda la historia futura).



La ciudad se asienta alrededor de un lago, por supuesto sagrado, donde tienen lugar los ritos matutinos con el baño y donde cada jornada se lavan las ropas a golpes contra las piedras de la orilla. Inmersa en plena zona del Rajasthan, se encuentra enclavada en una región completamente árida, semidesértica. Los pueblos y aldeas de las inmediaciones suelen tener enormes problemas con el agua.

(No es pleno desierto, pero se acerca bastante. Unos Kms más al oeste se convierte en desierto puro y duro cerca de la frontera con Pakistán)





(Esta es Pushkar vista desde una de las pequeñas montañas que la circundan. En medio se aprecia el lago sagrado. Estaban drenandolo, de ahí las obras)

En esta ciudad la cosa cambió considerablemente. Se suponen unos 15.000 habitantes los que viven aquí, y eso en la India constituye la más absoluta tranquilidad. Es además una ciudad turística y eso también contribuye a que la calidad de vida mejore cuantiosamente con respecto a lo que habíamos conocido hasta entonces. Nos encontramos a muchos occidentales aquí, hippies por supuesto, que vivían en la ciudad largas temporadas aprendiendo alfarería, a hacer vestido y joyas … o simplemente meditando.

Lo primero que hicimos nada más llegar fue visitar una “agencia de viajes” en camello, donde Jeke, que intuimos se llevaba comisión, nos llevó. Esto podría traducirse por un chamizo en el que un tipo que hablaba sin parar intentaba venderte paseos en camello por el desierto. Nosotros, como buenos occidentales no nos atrevíamos a decir que no, sobre todo yo, y al final aceptamos. Sería un paseo de dos horas hasta el desierto, después cena y baile a la luz de la luna y vuelta de noche hacia Puskhar. Bueno, en el peor de los casos conoceríamos a gente, o eso pensamos.

De la anecdótica agencia pasamos a ocupar nuestro siguiente hotel. Éste, con vistas al lago me pareció maravilloso. Que tranquilidad, sin bullicio, sin atascos, sin ruidos, era como un sueño. Descansamos y nos fuimos a explorar Puskhar.


(Entrada del hotel. Esto ya es otra cosa)


(Terracita del hotel donde tomamos muchos chais)


(Jeke, el chofer, junto a Javi)





(Vistas desde la terraza del hotel)







(Estos son los Ghats, escaleras que rodean el lago donde transcurre gran parte de la vida de la ciudad, algo similar al antiguo ágora griego)







(Un hippie ayudando en el drenaje del lago...)


(Uno de los muchos templos, con su sacerdote durmiendo, por supuesto)


















(Eso si, los niños de uniforme al cole. Resquicios, quizá, del colonialismo inglés)








Cuando regresamos los camellos estaban listos. Un par de chicos nos esperaban con sendos cuadrúpedos a la puerta del hotel. Un poco a desgana nos montamos con ellos y comenzamos a caminar por las arenas tórridas del Rajasthan. Yo le pregunté al chico que montaba conmigo donde estaba el resto de turistas, y él nos dijo que éramos los únicos. Se me quedó cara de tonto mientras perdíamos la ciudad de vista quedando oculta por la montaña. Ya nos han tangao ora vez. Es que no hay manera.

Los chavales eran muy majos. Nos contaron su vida. Tenían 20 y 22 años, no recuerdo sus nombres. El que venía conmigo, que era el más joven, me contaba que provenía de una pequeña aldea a unos 80km de Puskhar. Con trece años, abandonó la escuela y comenzó a trabajar a las órdenes de su jefe, el señor que nos había alquilado el viaje en camello esa mañana en aquella exótica agencia. Me decía que enviaba dinero a su familia cada mes y que trabajaba de 6 de la mañana a 11 de la noche sin descansar ni un solo día. Él hablaba mucho sobre los camellos, con los que dormían, y de su jefe, que los cuidaba y era bueno con ellos. Hablaba de él como si fuera un ser superior, como sintiéndose afortunado por su magnanimidad. Fue entonces, cuando yo, ignorante de mi, le pregunté si a él le gustaría alguna vez convertirse en su propio jefe y tener sus propios camellos. El chico me miró perplejo, como preguntándose si me encontraba en mis cabales o si había perdido la cabeza.

-Nooo, yo soy pobre, yo siempre seré cuidador de camellos - Me dijo en tono circunspecto.

-Ahh si, si. Claro, claro. – contesté yo mientras se me hacía un nudo en la garganta al pensar en mi torpeza y en el mundo en que estos chicos vivían, donde una persona con 20 años carecía de aspiraciones en la vida.

Nosotros aunque no seamos muy conscientes, vivimos una vida en constante aspiración. Ser el mejor del partido, alcanzar un sueño, conseguir el puesto, escribir un libro o pintar un cuadro, no valoramos la gran importancia que esto tiene. Puedo hacerme una idea de cómo puede ser vivir sin tanto lujo o confort como tenemos, sin tantas oportunidades, pero… ¿Cómo debe ser vivir sin aspiraciones?

“La posibilidad de cumplir un sueño es lo que hace la vida interesante” (Alguien)

Continuábamos nuestra marcha mientras yo seguía inmerso en mis cavilaciones. Al poco, en medio de la nada, esperaban tres chicos sentados a la escasa sombra de un matorral. “Aparcamos” los camellos y nos reunimos, con ellos junto al matorral cerrando un circulo. Los chicos tenían un pequeño instrumento que hacían sonar mientras cantaban, charlamos un poco con ellos contándoles cosas de occidente y de nuestras costumbres en España. Cuando les preguntamos donde vivían nos dijeron que en el desierto. Esto no lo entendí, pero después vimos que vivían con sus familias en una especie de chabolas escavadas en la tierra con techos de caña.

Un poco más adelante atravesamos una pequeña aldea más propia de otro siglo en la que la gente nos saludaba riendo mientras trabajaban haciendo cestos de caña o cuidaban de los animales. Era una sensación muy extraña, aquel silencio, montados en camellos, en un sitio totalmente ajeno a nosotros y a nuestro mundo,… al final no había sido tan mala idea el viajecito.

Llegando la tarde pasamos al lado de un caño con agua fresca y nuestros guías pararon para hacer la cena. Vimos anochecer en el desierto mientras unas diez personas llegaron montadas en un carromato para deleitarnos con bailes y músicas mientras que nuestros guías y cocineros nos servían la cena. Yo me sentía abrumado. Unas doce personas y dos camellos para agasajar a dos turistas desconocidos. No fue muy cómodo. Aunque ver anochecer en el desierto fue maravilloso. Regresamos rondando la media noche y la ciudad parecía otra. Con esa tranquilidad pudimos apreciar mejor su belleza, su esencia. Me sorprendió ver que la gente dormía en hamacas en la puerta de sus tenderetes, incluso familias enteras organizaban una precaria vivienda con lonas como techo, aunque como ya he dicho en otras ocasiones no parecían necesitar mucho más.










Al llegar al hotel, Jeke nos recibía con dos cervezas heladas en la mano y había dos sillas preparadas en el tejado para disfrutar con las hermosas vistas de la ciudad. Algo que convertimos en tradición. Charlamos animosamente durante un par de horas y de cabeza a la cama.

Al otro día vimos como los fieles peregrinan a la ciudad para visitar los templos. Uno de ellos se aloja en la cima de la montaña. Todo tipo de personas, de todas las edades, suben cada mañana para visitar el templo, al que se accede por unas tortuosas escaleras que acabaron con mi ánimo y mi físico, por lo que opté por sentarme y contemplar el amanecer a mitad de camino. Mi ánimo decayó más aún cuando mujeres mayores pasaban a mi lado y saludaban. Más vale control que velocidad, me dije. Por su parte, Javi, dada su condición de bombero subió para hacer unas fotos y enseñarme como era el templo de cerca.












(Este es el templo fotografiado por Javi. Bueno, tampoco me perdí tanto. Qué mayor estoy macho)

Permanecimos durante tres días en esta bonita y acogedora ciudad, donde disfrutamos con comidas y postres riquísimos. Tomamos mucho chai y abandonamos Pushkar hacia Ranthambore, una reserva animal muy conocida donde los tigres eran la atracción estrella.







(Adiós Pushkar, adiós)

3 comentarios:

  1. Me alegro que ya te hayas animado y hayas escrito otro poquito, sigue asi por favor.
    Por cierto, ya he leido tu correo, besitos

    ResponderEliminar
  2. Oye Juanma, me he enganchado a tu blog, aunque las esperas entre uno y otro se me hacen un poco largas.ME ENCANTA. Esti arrigorriaga

    ResponderEliminar
  3. Hola Esti, me alegra mucho que te guste. Tienes razón con lo de las esperas. Pero bueno, con comentarios como el tuyo me animaré a hacerlo más fluido. Que soy un dejado coño.
    Gracias y muchos besos.

    ResponderEliminar